Poéticamente conmovido

Había visto suficientemente la ciudad. Al otro lado del puente de Alcántara paseo hasta los alrededores de la estación, contemplando con placer la vida animada; y sobre todo siempre noblemente española, en las tabernas y los mesones de arrieros situados a lo largo de la carretera; hombres, mujeres, niños, se entretienen de la manera más apacible a la vez que cordial; un punto de disonancia, la tosquedad que enturbia esa amable escena popular. Pronto un espectáculo de otro género absorbe mis sentidos, todos los pensamientos: la puesta de sol ilumina, como el sol de Dios sólo sabe iluminar, la antigua ciudad real, que se yergue ante nosotros, exhibiendo toda su majestad, toda la belleza de este conjunto de torres, de castillos en ruinas. Los efectos de la luz, si terribles a las horas plenas del día, han pasado; la paz y la calma reinan sobre la ciudad y el campo, sobre las montañas y en la llanura. Todos los hombres, arrieros, muleros, incluso los niños, sienten la grandeza de esta escena; más de una de estas mujeres españoles dirigiría en una callada plegaria su mirada inteligente y serena hacia el lejano occidente de donde el tinte rojizo se expande sobre un paisaje extenso y severo. Estoy poéticamente conmovido. Acabo de pasar uno de los días más interesantes de mi viaje; día de gran fatiga, es verdad, pero lleno de gozos intelectuales que reaniman mi vigor. Estoy penetrado de reconocimiento, pensativo y sin embargo dichoso, el corazón satisfecho.

Reinhold Baumstark. Una excursión a España (1872)

 







Honda ciudad

El Toledo que desde aquí se divisa, sin ser único, ni mucho menos, pues su rostro ofrece infinitas facetas, es realmente castizo y clásico. Y se saborea cómo la ciudad, que parecía tan alta, es tan honda; honda cual una cisterna bíblica, resquebrajada a fuerza de grietas y simas. Será razonable consignar que estamos sobre la histórica Peña del Moro, pagana eminencia erguida como un índice perdido del cielo. Toledo, de chilaba y turbante blanco, duerme al otro lado del río, siempre bajo el amoriscado palio protector. Todo él es una aspiración metafísica hacia lo alto; pero ni las finas agujas afiligranadas, ni los barrios que a horcajadas unos de otros pretenden encaramarse al infinito, ni el soberbio empujón de la torre catedralicia, consiguen rebasar esta cumbre aromada de romances. Desde Santo Tomé al río, todas las torres son mudéjares y las paredes, encaladas, tienen una sucia pátina moruna. La civilización árabe fue la más alta y fecunda, con permiso de nuestros historiadores neos, y todavía el sueño mudéjar triunfa de la creyente Tolaitola.

Félix Urabayen. Quimeras nocturnas (artículo publicado en el diario El Sol) 1929






 






Dos mundos abrazados

Antes de decir adiós a España, estoy pensando: ¿cuál de sus imágenes dejó las huellas, las más profundas, en mi memoria? Creo que no es fácil contestar a esta pregunta. Me enamoré de Salamanca. Pero creo que si un visitante por España hubiera dispuesto de un solo día libre, debería decidirse por Toledo. Es el escudo simbólico de todo el país, la expresión condensada de su conjunto histórico. Ya te la describí en una de mis cartas, pero ahora siento mucho no haberla podido visitar una vez más. Antes de irme de Madrid suplicaba a los señores Simpson me llevasen en su coche, ya que perdí el tren.
No querían ir: se quejaban del calor, de las moscas y de la falsa coca-cola que consumieron en Toledo.
¡Lástima! ¡Es un espectáculo tan asombroso, Irene! Dos mundos: Occidente y Oriente se abrazaron en un lazo convulsivo de combate a orillas del Tajo, para caer en dos sueños: uno de cansancio y el otro el de la muerte. Este es hondo y majestuoso. Toda la ciudad queda enredada en la tela de araña del ornamento árabe que se extendió por los techos de las iglesias y sinagogas, por los arcos hasta cubrir, con un hilo fino, las pitilleras y puñales de la industria toledana. Y sobre este elemento vencido se alzó la catedral como un caballero de Castilla a quien la cúpula sirviera de casco. El caballero guarda celosamente las reliquias de este mundo bello en su olvido.

Alejandro Rognedov. Cartas de un yanki viajando por España (1951)











Atardecer




Toledo empieza a iluminarse fantásticamente. Por encima del apretado caserío de Covachuelas asoma el Hospital de Afuera como un castillo feudal. En la superficie lustrosa del río se reflejan rígidos los árboles. En sus riberas, que cantaron Cervantes y Garcilaso, croan las ranas. La Huerta del Rey finge un aguafuerte de Rembrandt. Allende el puente de Alcántara se aguzan altaneras las torres del palacio de Carlos V.
En un cielo perlino y sereno, de anaranjadas lejanías, brilla solitaria la estrella de la tarde. De la torre de la catedral caen solemnes nueve campanadas que el eco prolonga por cumbres y valles. El cielo se ha tornado de un azul profundo, casi negro. Del fondo tenebroso de la Huerta surge una luna enorme, alcohólica, de abruptos contornos, muy baja y tan saliente que amenaza desplomarse.

Emilio Bobadilla. Viajando por España. Evocaciones y paisajes (1912)





 




Apretada por sí misma

Barrancos en esta Toledo enmurallada, con puertas bajo cuyos arcos se fugó la corriente de la historia. Callejuelas empinadas hasta para llegar a la plaza de Zocodover rodeada de portales. Parece que la catedral maravillosa disputó durante una manifestación humana o en una procesión nutrida, para conquistar su sitio entre el apretujamiento de edificios viejos. Toledo está apretada por sí misma y por el pasado detenido aquí al conjuro de uno de esos milagros árabes (...)
Cuando el bus se detiene bajo la puerta que otrora no se abría a extraños, la arquitectura mudéjar se impone en sus arcos, en sus salientes. Esta sí es una entrada triunfal y cotidiana. Ya estamos en lo antiguamente prohibido. Las calles trepan y se hunden como en perpetuo movimiento. Las callejuelas por donde el vehículo pasa restregando las paredes, nos dan de pronto con un cuadrito de jardín en las narices. ¡En las narices! Por ellas entra la emanación del clavel que aquí he venido a saber que no es andaluz, sino que lo llevó de Túnez Carlos V.

Hernán Robleto. Color y calor de España (1957)