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La calle más humana




En uno de los más sucios y escondidos entresijos de la entraña netamente toledana existe una callecita de fama deshonesta y sinuosa andadura, horra de aseos pecaminosos y vanidades urbanas. Ella lo sabe, y esconde a la voracidad de los turistas su estrecha boca, que asoma al callejón del Avemaría, buscando la liturgia de los rezos conventuales, en tanto sus ojos miran a Pozo Amargo y sus lindos pies, descalzos, se acercan al Tajo, quizá con el oculto anhelo de purificarse en él...
En Toledo, tan pródigo en rutas extrañas, no hay calle más humana que este Plegadero, donde el espíritu y la materia se han amalgamado como el alma y el cuerpo en un ser vivo y consciente.

Félix Urabayan. Serenata lírica a la vieja ciudad (1932)

Entre los puentes de Alcántara

Es corto el trayecto entre el viejo y el nuevo puente de Alcántara; pero en tan pequeño espacio el Tajo trabaja más que en toda su dilatada andadura. Justamente a la mitad del camino se encuentra el freno de una presa y dos edificios: la fábrica de luz y la elevadora de agua. La presa forma un inmenso tazón, y otro río cualquiera moriría aquí tranquilamente, consumido por el paludismo de su propia encharcadura. Pero el Tajo es sobrado hondo. Se prepara con petulancia, y de un salto hercúleo salva el obstáculo y sigue adelante, agitando sus melenitas rizadas y azules, como un efebo en Olimpiadas. Le quedan aún los dos edificios de orden, pletóricos de juridicidad; mas también de ellos triunfa el Tajo. Como todo elemento conservador, el industrialismo legal ha levantado sus paredes con restos de conquistas y "razzias" nada jurídicas: molinos árabes, tenerías berberiscas y acueductos romanos. La juridicidad, al menos en Roma, venía después del saqueo. El agua se encuentra, pues, entre viejos amigos, y salta tan confiada sobre la piedra y sobre la ley. Reconoce al viejo ladrillo mudéjar y la argamasa romana, y piruetea a placer entre los humildes arquitos árabes que le sirven de cimiento. Una vez traspuesto el puente, las aguas recobran su sosiego académico, se tornan doctas y clásicas --ignoramos si profundas o huecas--, ordenan su cabellera y se sometren obedientes a la rítmica andadura de peregrino dormilón.

Félix Urabayen. El nuevo puente de Alcántara. Artículo en El Sol, 17 de mayo de 1936











Honda ciudad

El Toledo que desde aquí se divisa, sin ser único, ni mucho menos, pues su rostro ofrece infinitas facetas, es realmente castizo y clásico. Y se saborea cómo la ciudad, que parecía tan alta, es tan honda; honda cual una cisterna bíblica, resquebrajada a fuerza de grietas y simas. Será razonable consignar que estamos sobre la histórica Peña del Moro, pagana eminencia erguida como un índice perdido del cielo. Toledo, de chilaba y turbante blanco, duerme al otro lado del río, siempre bajo el amoriscado palio protector. Todo él es una aspiración metafísica hacia lo alto; pero ni las finas agujas afiligranadas, ni los barrios que a horcajadas unos de otros pretenden encaramarse al infinito, ni el soberbio empujón de la torre catedralicia, consiguen rebasar esta cumbre aromada de romances. Desde Santo Tomé al río, todas las torres son mudéjares y las paredes, encaladas, tienen una sucia pátina moruna. La civilización árabe fue la más alta y fecunda, con permiso de nuestros historiadores neos, y todavía el sueño mudéjar triunfa de la creyente Tolaitola.

Félix Urabayen. Quimeras nocturnas (artículo publicado en el diario El Sol) 1929






 






Besos pálidos



El encanto mayor de esta ciudad única consiste en contemplar sus apartados callejones cuando quedan bañados por la luna y los ilumina con su sonrisa melancólica.
Buscando los besos pálidos de esta luz, voy a pasear a los cobertizos; unos pasajes obscuros, enormes, donde todo recato y misterio encuentran asilo seguro. En un pasadizo de esta guisa, se comprende que Mañara viera pasar su propio entierro. La alucinación embota los sentidos. Un rayo mortecino, reflejado en la pared, semeja una tizona desenvainada. El aire trae eco de gemidos y ayes, mezclados en una canción de angustia.

Félix Urabayen. Toledo: Piedad  (1920)




 







Zocodover (II)


Zocodover duerme todavía a esta hora temprana, envolviendo entre penumbras la lenta agonía de su traza herreriana. Tras la cortina de sombras, que la luz del amanecer va descorriendo, se adivina la pelea heroica de la reja agarena y el viejo balcón señorial con el mirador burgués, de moderno empaque. Por su parte, los “autos” Ford rejuvenecen el ceño milenario de los clásicos porches. En todos los rincones luchan a la desesperada el gris acerado de la piedra plateresca, carcomida y sucia, frente al heresiarca revoco de las comerciales fachadas. Zocodover, a la luz del sol, se horteriza prosaicamente; apenas le queda un rastro de ilusión literaria. Sólo encima del arco mudéjar de la Sangre lucen aún, con parpadeo funerario, las velas del Santo Cristo. Al partir para nuestro alegre viaje, estos cirios, con su gesto temblón de adiós, resumen toda la hondura teológica de las grandes despedidas.


Félix Urabayen  Estampas toledanas en “El Sol”  (19 junio 1925)


Urna de variadas razas


Llevo en Toledo tres semanas y no experimento cansancio, ni siento la sed de paisajes nuevos. Este pueblo me atrae, a pesar de su cara de quintañona vieja y agria. Los turistas pasan por su piel de piedra sin conocerla. Ven parte del manto; pero no viven la vida de la ciudad. No oyen su respiración. No sienten el íntimo misterio de su carne desgarrada. No llegan al altar de sus entrañas para sorprender su concepción, estéril hoy, mañana acaso fecunda.
Esta urna de variadas razas, sólo puede conocerse paseando constantemente por su corteza. Hay que saborear despacio, penetrando diariamente en sus más ocultos rincones. Hay que recorrer sus calles silenciosas, descifrar el enigma de sus ruinas, romper con los ojos la escondida virginidad de sus olvidadas galas, penetrar en estas casitas silenciosas, que al recibir el beso de la lluvia semejan llorar con empolvadas lágrimas, su eterno abandono.

Félix Urabayen Toledo: Piedad 1920

Desde San Martín

"Esta vez hemos salido de la ciudad por San Martín, el histórico puente que en los aledaños toledanos devora las dos carreteras clásicas que suben hacia los montes de Toledo rasgando villas ilustres de castizo abolengo (...) Por la hondonada que forman estas dentelladas pétreas discurre congestivamente opulento el padre Tajo, reflejando en sus ondas, como espejos de alinde, la amplia silueta del baño de la Cava, dama enigmática engendradora de todos los romances del derrumbamiento godo".

Félix Urabayen. Serenata lírica a la vieja ciudad.  (1925)