Pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil y seca
como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una
carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros
amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice Barrès, la pasión que
hace amargamente florecer en recinto semejante, es la nefasta y ardorosamente
paladeada de un incesto. Verhaeren anota sus impresiones dolorosas, copia, al
aguafuerte, paisajes cálidos y calcinados, colecciona sus almas violentas y bárbaras
como los productos de una flora tropical, excesiva y rara.
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Nido de águilas
Desde allí se descubre un cuadro encantador.
La poética ermita de Nuestra Señora del Valle, enclavada en
medio de una erizada sierra en el mismo punto donde existía antes de la
conquista el monasterio de San Pedro y San Feliz, aseméjase a un nido de
águilas colgado de la roca que la sostiene sobre el insondable precipicio que
se abre a sus pies.
La piedra del rey moro, gigante inmenso de granito que alza
su cabeza desafiando el curso de las nubes, extiende allí su manto de rocas
hasta una distancia infinita, protegiendo con él a la ciudad que duerme a su
abrigo.
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