Desde Zocodover alcancé en unos minutos el alcázar, que se levanta al oeste de Toledo y domina toda la ciudad. Esta imponente ruina tiene la particularidad de que, conteniendo elementos de todas las épocas, produce en su conjunto un efecto notable de unidad. Está situado sobre la más elevada y noble de las colinas que tiene la ciudad, a 600 pies por lo menos por encima del Tajo, bastante más alto que el suelo de la catedral, y dominado solamente por su torre. Aparte de esta torre, el alcazar es el punto más alto de Toledo. Los cimientos de este antiguo palacio real e imperial son de origen en parte romano, en parte árabe. Se da la circunstancia, única en su género, que todos los soberanos de la ciudad y del país, durante muchos siglos, fijaron allí su estancia.
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Poéticamente conmovido
Había visto suficientemente la ciudad. Al otro lado del puente de Alcántara paseo hasta los alrededores de la estación, contemplando con placer la vida animada; y sobre todo siempre noblemente española, en las tabernas y los mesones de arrieros situados a lo largo de la carretera; hombres, mujeres, niños, se entretienen de la manera más apacible a la vez que cordial; un punto de disonancia, la tosquedad que enturbia esa amable escena popular. Pronto un espectáculo de otro género absorbe mis sentidos, todos los pensamientos: la puesta de sol ilumina, como el sol de Dios sólo sabe iluminar, la antigua ciudad real, que se yergue ante nosotros, exhibiendo toda su majestad, toda la belleza de este conjunto de torres, de castillos en ruinas. Los efectos de la luz, si terribles a las horas plenas del día, han pasado; la paz y la calma reinan sobre la ciudad y el campo, sobre las montañas y en la llanura. Todos los hombres, arrieros, muleros, incluso los niños, sienten la grandeza de esta escena; más de una de estas mujeres españoles dirigiría en una callada plegaria su mirada inteligente y serena hacia el lejano occidente de donde el tinte rojizo se expande sobre un paisaje extenso y severo. Estoy poéticamente conmovido. Acabo de pasar uno de los días más interesantes de mi viaje; día de gran fatiga, es verdad, pero lleno de gozos intelectuales que reaniman mi vigor. Estoy penetrado de reconocimiento, pensativo y sin embargo dichoso, el corazón satisfecho.
Reinhold Baumstark. Una excursión a España (1872)
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