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Elefantes en la Fábrica


Cuando llegamos a Toledo era ya de noche; yo he estado en esta ciudad muchas veces y tengo ya tal costumbre de venir, que apenas encuentro diferencia entre esta tierra y la mía.
Mas, para que así no sucediese en este viaje, la estación, o mejor dicho, la puerta donde se agolpan los coches para llevar los viajeros al centro de Toledo, me enseñó que había estado lejos de aquí, haciéndome notar la ausencia del más afamado de los cocheros y empresarios de coches de Toledo, Güiso, que así se llamaba.
Era Güiso lo que se dice un verdadero tipo. No conocía otro idioma que el castellano, y sin embargo, ¡qué modo de entender y hacerse entender a los extranjeros! Apenas llegaba uno que no le llevara a Zococover y después a la Fábrica. Pero esta habilidad le proporcionó pasar un mal rato con un extranjero de los que guiaba.
Iba por la Vega baja una tarde llevando en su jardinera dos franceses, cuando la mala suerte hizo que se encontrase con un carretero amigo: le preguntó dónde iba, y Güiso, confiado en que los franceses no pueden hablar y entender el español, le contestó con mucha naturalidad: “A llevar estos alifantes a la Fábrica”. Su desencanto fue horrible cuando sacando la cabeza uno de los extranjeros le dijo: “Cochero, el elefante es usted”, acompañando esta frase con una verdadera trompada.

V. Fernández Cuesta. “Cartas de Toledo” (artículo en La Ilustración Nacional. 30 de octubre de 1887)

 
La Ilustración. 11 agosto 1849



 El Museo Universal. 1 y 8 febrero 1863

La ermita del Ángel

Continuando nuestro paseo, seguimos por la orilla del río hasta llegar a la ermita del Ángel.
Ocupa ésta uno de los sitios más bellos de Toledo; al contemplar aquellos álamos que se elevan majestuosamente para unirse por sus copas, cual si, celosos, no quisieran que el sol contemplase las muchas bellezas que a sus pies tienen; al oir el agradable rumor del agua del río y al recrear la vista en las infinitas flores que en su huerta viven, la fantasía hace ver a uno aquellos tiempos en que el Ángel era una casa de placer de los reyes moros de Toledo, y se cree divisar por entre la espesura la forma vaga y encantadora de una africana, bella como las huríes del Profeta.

V. Fernández Cuesta. Cartas de Toledo. Artículo publicado en La Ilustración Nacional el 30 de octubre de 1887