Perderán el tiempo quienes, seducidos por la contemplación de tanta grandeza como encerró esta ciudad en el recinto de sus hoy carcomidas murallas, pretendan seguir en la actual las huellas y el ejemplo de los historiadores de otras edades, para investigar los orígenes y conocer la fecha de la fundación de Toledo. ¿Qué nos importan las noticias y el nombre de las gentes que buscaron primitivamente asiento en aquellas enriscadas alturas, a la orilla del río poderoso que las rodea y fertiliza su Vega renombrada? ¿Qué timbre de gloria añadirá a los por ella conseguidos, el conocimiento de la fecha de su fundación, y el de la raza a que pertenecían aquellos, cuando no ha quedado rastro de sus existencia, y si el testimonio vive, permanece oculto, revuelto y confundido con tantos otros que guarda en las entrañas de la rocosa eminencia, o yacen entre el légamo del Tajo?
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Sobre enhiesto desigual peñasco
Encaramada sobre aquel enhiesto desigual peñasco, por cuyos senos y repliegues trepa afanosa con aires de conquista desde lo hondo, y cuyas plantas de granito besa por el Oriente, Ocaso y Mediodía tranquilo y perezoso el Tajo, sorprendente es en verdad y pintoresco el espectáculo que ofrece, con el escalonado caserío, polvoriento y de tonos grises uniformes, apiñado sin orden ni concierto, y a veces interrumpido por la mancha sombría de los árboles, y con los desmochados torreones y cortinas de sus defensas, otro tiempo formidable, y hoy en mucha parte derruídas: conjunto heterogéneo y extraño que compone y armoniza con el fresco tapiz verdoso de la tendida Vega; las amontonadas rocas renegridas de la margen del río; el reflejo acerado de las aguas, y las escasas arboledas, al ser herido por los rayos ardorosos del sol, bajo un cielo fuertemente azulado, y teniendo por corona y remate la rígida silueta de aquel severo Alcázar, que recorta sus clásicos y angulosos contornos en la altura, y que parece en coloquio eterno con las ruinas lastimosas del Castillo de San Servando, levantado sobre otra eminencia, casi frente a frente, y a la opuesta orilla del Tajo caudaloso.
Rodrigo Amador de los Ríos. Monumentos arquitectónicos de España (1905)
Nada nuevo
No
voy a descubrir Toledo, como aún lo pretenden muchos de aquende y
allende los Pirineos: está tan a la mano, es tan fácil visitarla,
recrearse con sus maravillas y prodigios, admirar sus monumentos más
salientes, que sería ridículo intentar decir algo interesante y nuevo,
después de tanto, de tanto y tan bueno como se ha escrito acerca de
ella.
Mina inagotable de sorpresas
Para el viajero, el arqueólogo y el artista, mina es Toledo inagotable de sorpresas y de encantos; y para el novelador y el poeta, fuente maravillosa, fecunda siempre, también inagotable (...)
¡Qué cosas dicen las callejas, los cobertizos, los recodos, las encrucijadas, las cuestas, las ruinas y los desmochados torreones de la sin par Toledo! ¡Qué de misterios guarda aún ocultos su viejo caserío, sus arruinados palacios, su tantas veces restaurado Alcázar, su Catedral incomparable, sus iglesias y sus conventos, donde tantas maravillas soñaron sus autores! ¡Qué de fantasías despiertan las artísticas portadas y las salientes laboreadas rejas de muchos de sus edificios particulares! ¡Qué de enseñanzas prodiga a quien acierta a ver en todo ello el proceso de las artes y de las industrias artísiticas toledanas en la era medioeval y en la del Renacimiento! ¡Cómo se agiganta, cómo sacude entonces el letargo morboso en que se supone sumida a Toledo, para proclamar, antes sus desvanecidos detractores, cuán grande fue, y cuán merecidas tiene su reputación y su fama universales, preconizadas tantas veces por españoles y por extranjeros!(...)
No
voy a descubrir Toledo, como aún lo pretenden muchos de aquende y
allende los Pirineos: está tan a la mano, es tan fácil visitarla,
recrearse con sus maravillas y prodigios, admirar sus monumentos más
salientes, que sería ridículo intentar decir algo interesante y nuevo,
después de tanto, de tanto y tan bueno como se ha escrito acerca de
ella.
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