Dentro de la historia

La visita que en 1900 hicimos a Toledo fue capital en el desenvolvimiento de la escuela. Fuimos a Toledo, no como frívolos curiosos, sino cual apasionados. Nos atraían los monumentos religiosos. En ellos se encarna la nacionalidad española. Interesábannos las iglesias visigóticas y las herrerianas, las iglesitas de pueblos y las grandes y suntuosas catedrales. En las catedrales, verdaderos mundos del arte, íbamos desde la estofa de una casulla antigua a la tabla de un retablo. Y acaso lo que más nos apasionaba era un arte eminentemente español, que en las catedrales, sobre todo en las grandes catedrales, como las de Toledo y Cuenca, alcanza manifestación espléndida: el arte del hierro forjado. Rejas, cruces, atriles, púlpitos, los hay primorosos labrados en hierro. Sobre todo,  las rejas.
El arte había de conducirnos a la pura espiritualidad. De otra manera, la comprensión de España hubiera sido incompleta. Y el tránsito de un mundo a otro, de la región sensual a la región etérea, nos lo facilitaba el Greco en quien el arte, el más refinado y moderno arte, se alía al fervor más intenso en el espíritu. Insensiblemente, sin que nos diéramos cuenta, en la soledad y silencio de una capilla recóndita o en la vastedad de una nave, la balanza de la sensibilidad va inclinándose, ante el Greco, hacia el lado de la pura y desinteresada contemplación. Y ya, con el fervor contemplativo, nos hallamos dentro, plenamente dentro, de la historia de España.

Azorín. Madrid (1941)







 


























Elefantes en la Fábrica


Cuando llegamos a Toledo era ya de noche; yo he estado en esta ciudad muchas veces y tengo ya tal costumbre de venir, que apenas encuentro diferencia entre esta tierra y la mía.
Mas, para que así no sucediese en este viaje, la estación, o mejor dicho, la puerta donde se agolpan los coches para llevar los viajeros al centro de Toledo, me enseñó que había estado lejos de aquí, haciéndome notar la ausencia del más afamado de los cocheros y empresarios de coches de Toledo, Güiso, que así se llamaba.
Era Güiso lo que se dice un verdadero tipo. No conocía otro idioma que el castellano, y sin embargo, ¡qué modo de entender y hacerse entender a los extranjeros! Apenas llegaba uno que no le llevara a Zococover y después a la Fábrica. Pero esta habilidad le proporcionó pasar un mal rato con un extranjero de los que guiaba.
Iba por la Vega baja una tarde llevando en su jardinera dos franceses, cuando la mala suerte hizo que se encontrase con un carretero amigo: le preguntó dónde iba, y Güiso, confiado en que los franceses no pueden hablar y entender el español, le contestó con mucha naturalidad: “A llevar estos alifantes a la Fábrica”. Su desencanto fue horrible cuando sacando la cabeza uno de los extranjeros le dijo: “Cochero, el elefante es usted”, acompañando esta frase con una verdadera trompada.

V. Fernández Cuesta. “Cartas de Toledo” (artículo en La Ilustración Nacional. 30 de octubre de 1887)

 
La Ilustración. 11 agosto 1849



 El Museo Universal. 1 y 8 febrero 1863

El reloj de arena de España

Todavía antes de retornar a Madrid, desde un altozano, echo una mirada sobre el panorama de la ciudad. Involuntariamente, suprimo las pobres esmeraldas de unos cuantos huertos y algunos olivares cuyo verdor no sabría decir si es menguado por la distancia o por el polvo secular. Veo, en cambio, cúpulas, campanarios, torres de iglesias y cruces de conventos por doquier. Creo que, en proporción, ninguna otra ciudad del mundo los contiene en tal abundancia.
Y ratifico: Toledo es el reloj de arena de España que, implacablemente, siglo tras siglo, hora tras hora, minuto tras minuto, gota tras gota, destila sus místicos óleos sobre este mundo delirante y corrompido. Es natural que acabe perforando la piedra y el más duro corazón y los transforme en vados de idéntica ternura, colmados por las dulces y todopoderosas fragancias de Dios.


Félix del Valle y Mendoza. Toledo (1943)













Como un geólogo mira una montaña

 
El anticuario puede examinar Toledo, como un geólogo mira una montaña; puede encontrar, superpuestas, capas arquitectónicas de todos los tiempos, de todas las dominaciones, desde la romana al gran aluvión del siglo XVIII, que echaría todo a perder si las estructuras fuertes de épocas anteriores no llegan a imponerse guiando al geólogo anticuario en su búsqueda de recuerdos.
La ciudad, en su conjunto, merece una mención especial;  imagínate un montón de conventos, iglesias y murallas; a cada paso que das en el recorrido por la ciudad, va cambiando de aspecto. El interior, a excepción de una pequeña plaza de forma peculiar, está atravesado en todas direcciones por calles estrechas y rápidas, pavimentadas con buenas espadas de Toledo (a juzgar por el placer que se siente al caminar por allí). Cuando dos mulas tienen la mala suerte de cruzarse en una de estas vías de comunicación, es necesario que una de las dos camine marcha atrás hasta el primer cruce donde, con dificultad, pasa la otra mula y sigue su camino.

Émile Guimet. A travers l'Espagne. Lettres familières (1862)






 


Lo que esconden las casas y callan las bocas

Los escaparates de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las bocas. Ver mucho los aparadores, verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres (...)
Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí están, dentro de su paralelogramo de cristal, cada uno de ellos es una exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y estampas sagradas aquí; delante, cantarillos y vasos de loza de Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente, espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados, damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en dibujos intrincados y sutiles.
Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las devotas austeridades...

Luis G. Urbina. Estampas de viaje (1920)