Sobre la recia montaña

Me aventuro en un caos de peñascos por donde trepan los famosos cigarrales, humildes vergeles comparables a las bastidas de Marsella. Son alrededor de doscientos, cercados con ásperas piedras y con una casita en el centro y un poco de follaje devorado por el polvo. Un débil aroma exhalan esta tarde las retamas. A lo largo de las pendientes pedregosas, que llaman aquí rodaderos, me encamino a la Virgen del Valle, pequeña ermita que se levanta en la orilla izquierda frente a la ciudad.
Desde la ermita se abarca de una mirada la vasta roca que sostiene a Toledo y que contiene al Tajo. La Imperial Ciudad se recoge sobre la recia montaña, se apodera de todos sus salientes y cubre su altura por completo... Los escombros de sus palacios resbalan al Tajo generosamente, y dejan en la cumbre a Toledo, en una posición soberbia de orgullosa en desgracia.
¿Cómo aprisionar los grandes movimientos monocromos de esta tierra violácea y ocrosa? Sería preciso marcar su color y sus curvas y, además, hacer también sensibles aquellas partes nutridas y densas en las que ningún edificio es notable, pero que precisamente tiene la belleza de los grandes espacios llenos en arquitectura.

Maurice Barres. El Greco o el secreto de Toledo (1912)

 








Arquitectura de baraja

El Ventanillo se abre, sobre un remolino de tejados, frente a los montes de Toledo. Al fondo, la Ermita de la Virgen del Valle, de rosa pálido entre las sombras azules de las rocas, el verde nuevo de la primavera y el pasto desteñido al sol. La Ermita deja caer una vereda en zig-zag. La curva del Tajo se adivina allá donde la cascada de casucas se hunde hasta confluir con los pies del monte y sobresalen unos árboles altos. A veces, desde la Ermita escapa un repiqueteo loco que viene como a desflecarse en las rejas del Ventanillo.
Una arquitectura de baraja sirve al Ventanillo de pedestal: los tejados se encaraman unos sobre otros como barcos apiñados por la resaca, dejando apenas escurrir, por las hendiduras, tortuosos hilillos de calles. Los montes, al frente, llenan el horizonte hasta medio cielo, y acogen y multiplican los ruidos de la ciudad.

Alfonso Reyes. En el Ventanillo de Toledo (1930)











Libres del tiempo

Dédalo de frías callejas, con muros encalados y patios sonoros. Aquí y allá, un convento cerrado, una antigua capilla sin culto, una imagen de la Virgen en nicho con lucecita, un Cristo, un viejo palacio cuya piedra se deshace, un balcón cincelado y, en él, mujeres asomadas... Gracias a Dios, no existe ahora nada extraño por estas calles toledanas: libres del tiempo, prendidos por el gozo, el deleite es perfecto (...)
Descúbrese Toledo sobre su trágico peñasco, cuyos flancos se desploman en el agua del río. El sol los golpea con dureza, arrancando limpios destellos de acero. Toda esta masa rota, contraída, atormentada, aparece dominada por el alcázar. Y, en el centro, la catedral, con su peso macizo, imprime a la cima una presión de hundimiento.

Francis Carco. Printemps d'Espagne (1929)






 






Escuela y ciudad de gloria tanta


Trono real de los antiguos Godos, 
de sus famosos Reyes sepultura, 
ciudad en quien el arte y la natura 
descubrieron sus artes y sus modos. 
Madre y Primada destos reinos todos, 
escuela del lenguaje y compostura, 
corte Real que dio entrada segura 
a Alanos, Anglos, Suevos y Ostrogodos. 
Teatro de concilios, ilustrado 
con la presencia de la Virgen Santa 
madre y reina del cielo y del profundo. 
Toledo esta sois vos, trono. Primado, 
corte, escuela y ciudad de gloria tanta, 
que en vos está cifrado todo el mundo.

Baltasar Porreño. Historia de los arzobispos de Toledo (1604) 











Dentro de la historia

La visita que en 1900 hicimos a Toledo fue capital en el desenvolvimiento de la escuela. Fuimos a Toledo, no como frívolos curiosos, sino cual apasionados. Nos atraían los monumentos religiosos. En ellos se encarna la nacionalidad española. Interesábannos las iglesias visigóticas y las herrerianas, las iglesitas de pueblos y las grandes y suntuosas catedrales. En las catedrales, verdaderos mundos del arte, íbamos desde la estofa de una casulla antigua a la tabla de un retablo. Y acaso lo que más nos apasionaba era un arte eminentemente español, que en las catedrales, sobre todo en las grandes catedrales, como las de Toledo y Cuenca, alcanza manifestación espléndida: el arte del hierro forjado. Rejas, cruces, atriles, púlpitos, los hay primorosos labrados en hierro. Sobre todo,  las rejas.
El arte había de conducirnos a la pura espiritualidad. De otra manera, la comprensión de España hubiera sido incompleta. Y el tránsito de un mundo a otro, de la región sensual a la región etérea, nos lo facilitaba el Greco en quien el arte, el más refinado y moderno arte, se alía al fervor más intenso en el espíritu. Insensiblemente, sin que nos diéramos cuenta, en la soledad y silencio de una capilla recóndita o en la vastedad de una nave, la balanza de la sensibilidad va inclinándose, ante el Greco, hacia el lado de la pura y desinteresada contemplación. Y ya, con el fervor contemplativo, nos hallamos dentro, plenamente dentro, de la historia de España.

Azorín. Madrid (1941)







 


























Elefantes en la Fábrica


Cuando llegamos a Toledo era ya de noche; yo he estado en esta ciudad muchas veces y tengo ya tal costumbre de venir, que apenas encuentro diferencia entre esta tierra y la mía.
Mas, para que así no sucediese en este viaje, la estación, o mejor dicho, la puerta donde se agolpan los coches para llevar los viajeros al centro de Toledo, me enseñó que había estado lejos de aquí, haciéndome notar la ausencia del más afamado de los cocheros y empresarios de coches de Toledo, Güiso, que así se llamaba.
Era Güiso lo que se dice un verdadero tipo. No conocía otro idioma que el castellano, y sin embargo, ¡qué modo de entender y hacerse entender a los extranjeros! Apenas llegaba uno que no le llevara a Zococover y después a la Fábrica. Pero esta habilidad le proporcionó pasar un mal rato con un extranjero de los que guiaba.
Iba por la Vega baja una tarde llevando en su jardinera dos franceses, cuando la mala suerte hizo que se encontrase con un carretero amigo: le preguntó dónde iba, y Güiso, confiado en que los franceses no pueden hablar y entender el español, le contestó con mucha naturalidad: “A llevar estos alifantes a la Fábrica”. Su desencanto fue horrible cuando sacando la cabeza uno de los extranjeros le dijo: “Cochero, el elefante es usted”, acompañando esta frase con una verdadera trompada.

V. Fernández Cuesta. “Cartas de Toledo” (artículo en La Ilustración Nacional. 30 de octubre de 1887)

 
La Ilustración. 11 agosto 1849



 El Museo Universal. 1 y 8 febrero 1863