Compleja y espiritual

Toledo, al comenzar el siglo XVI, es la ciudad más compleja y más espiritual de España; compleja y espiritual como una gran dama que lució y gozó en la corte sus años de juvenil hermosura codiciable y que se retira a remembrar su pasado, sola en un palacio regio, entregada a sus devociones y principalmente a la devoción de sí misma. Por las calles toledanas, retumban a todas horas, en el silencio que de eternidad parece, los pasos del amor, vestido de soldado, oculto bajo los pingos del azacán, escondido so la basquina de la moza de posada, ardiente bajo las galas del caballero, conservado entre los negros pliegues de la toga del jurisperito. Es un amor loco, desenfrenado, de raptos y de secretas locuras, como el que irradia en las pupilas de los apóstoles y guerreros que pintó Theotocópulos; es un amor sin alegría, un amor cruel, que jura ante los Cristos clavados en los paredones de las callejuelas, bajo un tejaroz ó un guardapolvo y perjura en saliendo de la misteriosa ciudad; es un amor que encierra a sus víctimas en los grandes caserones de portadas platerescas, las recluye hacia los fríos patios, las deja mustiarse, secarse, morirse en la desesperanza... 

Francisco Navarro Ledesma. El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra (1905)
















Mañana de Corpus

Mañana toledana de un jueves de Corpus (...) Detrás de la custodia monumental de la Catedral, que es una pequeña catedral de oro, marcha el Estado Mayor compuesto de oficiales disímbolos: altos, obesos, marciales, impasibles, luciendo condecoraciones. Todos van descubiertos, llevando en la siniestra la gorra de gala. Luego la Academia. Después los nobles con hábitos, con, para nosotros, indescifrables atributos; capas blancas, palios, ornamentos, caballeros de Santiago, órdenes religiosas de casacas moradas, túnicas, cordones, bordones con significado, adornos de los altares, camándulas, libros santos. Y los niños de vestiduras diversas. Y el pueblos sin más traje que la fe...
La custodia enorme lanza destellos cuando el sol quiere penetrar su secreto. Las calles están arboladas y en el suelo brincan arabescos de luz. Una madeja de armonías se acopla en sectores para ascender en canto. En las calles y en los balcones se prosternan; luego agitan pañuelos y arrojan flores; o baten palmas. Pasó Dios y ese desfile es pagano ya, aunque vaya presidiendo el Primado de España y su Cabildo, los Obispos y Monseñores, los curas de los pueblos distantes, los monaguillos con estandartes, incensarios y cirios erguidos.

Hernán Robleto. Color y Calor de España (1957)














 







Espectáculo extraordinario


Subiendo las escarpadas y resbaladizas pendientes del lado allá del río, contemplé Toledo, extendida ante mí, como petrificado ejército de gigantes conducido por el Alcázar.
Sin duda he contemplado mil exquisitos amaneceres, pero nunca vi espectáculo más extraordinario que el de esta mañana.
Hasta aquel momento sólo el ladrido raro de algún perro o el canto de algún gallo más raro aún, habían roto, haciéndola más intensa, la quietud silenciosa. Pero de pronto, tales sonidos se mezclaron con otros ciento en vasta confusión (…) Y fue como si Toledo despertase de mala gana, porque el bullicio de las gentes trabajadoras en derredor de aquellas murallas enmohecidas parecía extrañamente frívolo e inoportuno. Las campanas de muchas de sus iglesias empezaron a tintinear como voces que protestasen contra la profanación de su descanso; y escuchando yo la peregrina aunque discordante mezcla de sus sones, pensé en aquella hermosa escena de Tosca, cuando la luz madrugadora se alza sobre la Ciudad Eterna y la solemne música profetiza la muerte de Mario.
Leonard Williams. Castilla (1904)


   

  

 
 







Complicado misterio

Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era neta y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el toledano arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles, angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y sólo en lo alto ardía, sobre la cal, alguna faja brusca de sol.
Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su cofre de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la cautela de los antiguos serrallos (...)
Las moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la portería de los beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente perfumes de iglesia. 

Enrique Larreta. La gloria de don Ramiro (1908)