Extraña ciudad

Aquí el alma española, sometida a ruda prueba, adquirió tenacidad indomable y, al sentirse en su ley, se lanzó por esos mundo a conquistar naciones.
Han transcurrido siglos y, no obstante, perdura el carácter intenso y fiero de esta extraña ciudad, mitad goda, mitad árabe, tan genuinamente española en su conjunto.
El viajero que aspire a recibir la impresión más genuina de España, de esta España gloriosa que dió las carabelas a Colón, que triunfó en Lepanto, que se desangró por dar vida a veinte naciones, hijas de su esfuerzo y de su fe; de esta España que a la postre tenía el derecho de reposarse y se reposa con el rosario en una mano y el cigarrillo en la otra, deberá, sin más, venir a Toledo.

Rómulo Cúneo-Vidal. España. Impresiones de un sudamericano (1910) 



















Las toledanas

Grabado de Reinhart. 1882 (Archivo Municipal de Toledo)
Los viajeros que, a lo largo de la historia, han ido pasando por Toledo nos han dejado descripciones muy valiosas de la ciudad y su ambiente, pero también de las personas que encontraron, sus costumbres, su carácter y sus señas físicas. Dado que la mayoría de ellos eran hombres, abundan las referencias a las mujeres. Hoy nos detendremos en las curiosidades que tres de estos viajeros observaron sobre las toledanas. El primero es el español Antonio Ponz, autor del célebre "Viage de España, o Cartas en que se da noticia de las cosas mas apreciables y dignas de saberse, que hay en ella", gigantesca obra en 17 volúmenes, que comenzó a publicar en 1772. Pues bien, en su visita a Toledo, el viajero hace la siguiente alusión a la limpieza de que las toledanas solían hacer gala en sus viviendas:
"Las mujeres son aseadísimas, y lavan los pavimentos enladrillados de las habitaciones casi con la misma frecuencia que los platos. Tienen por mucha porquería el escupir en dichos suelos; pero aún sienten más que se escupa en los patios, tambien enladrillados, por ser el receptáculo de las aguas llovedizas para sus cisternas; y así es conducente, que el que vaya a Toledo sepa esto, para no exponerse a algún sonrojo."
El inglés Richar Ford, que visitó España en la década de los años 30 del siglo XIX, anota en su libro "Cosas de España, el país de lo imprevisto", esta poco conocida e ingenua superstición con la que terminó una simple obra.
"Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal."
Las alusiones a la belleza de la mujer son abundantes, pero pocas veces se han descrito formas de belleza tan peculiares como las que hace el alemán Wilhelm von Humboldt, quien nos visitó en 1799 dejándonos en su libro "Diario de viaje a España" un muestrario inacabable sobre sobre multitud de aspectos de la vida española con especial atención a los rasgos etnológicos de sus habitantes. En Toledo, Humbold hace una visita al Colegio de Doncellas, donde observa lo siguiente:
"Me resultó chocante el ver tantas muchachas indígenas juntas, de las que sólo un par eran mayores. Todas eran bastante guapas, aunque no había ninguna que se pudiera considerar bella. Casi todas tenían cara alargada, mejillas llenas y una nariz alargada y sobresaliente. Una que hacía flores era de una belleza fofa y una tal donna Antonia tenía una belleza más severa."

Una voz extraña

Vagaba una tarde por las estrechas calles de la imperial ciudad con mi carpeta de dibujo debajo del brazo, cuando sentí que una voz como un inmenso suspiro pronunciaba a mi lado vagas y confusas palabras; me volví apresuradamente y cuál no sería mi asombro al encontrarme completamente solo en la estrecha calleja. Y, sin embargo, indudablemente una voz, una voz extraña, mezcla de lamento, voz de mujer sin duda, había sonado a pocos pasos de donde yo estaba. Cansado de buscar inútilmente la boca que a mi espalda había lanzado su confusa queja, y habiendo ya sonado el Ángelus en el reloj de un cercano convento, me dirigí a la posada que me servía de refugio en las interminables horas de la noche.

Gustavo Adolfo Bécquer. La voz del silencio (1862)

















Para el lápiz del artista.

De pie sobre las murallas por encima de la ciudad, y mirando hacia abajo a sus calles estrechas y edificios en ruinas, podemos destacar a la vez los restos del refinamiento árabe y el gusto en la construcción de sus viviendas, y no podemos evitar el deseo de imaginar la ciudad cuando los moros la poseyeron.
Los edificios moros de Toledo, agrupados alrededor de la ladera de la montaña, anidados, por así decirlo, en las grietas de la gran roca sobre la que se levanta la ciudad, en contraste con el Alcázar más moderno y otros edificios de un período todavía más tardío, fueron los primeros casos llamativos de esa falta de armonía entre los dos estilos principales de la arquitectura en España que después hemos encontrado en el Sur.
La Puerta del Sol, con su arco de herradura apuntado y grandes torres, que desde entonces ha sido restaurada y apuntalada por castellanos, conserva bastante de su carácter antiguo para nosotros entender lo que una vez fue, y presenta en la actualidad un excelente modelo para el lápiz del artista.

Henry Blackburn. Travelling in Spain in the present day (1866)



  








 

 


 


 

Torre de la catedral

El cielo vuelve a sonreír y su alegría se manifiesta por algunos destellos de sol que forman como placas transparentes de oro y adornan la parte superior de la torre de la iglesia.
¡Y qué campanario! Lo remata una cruz actual, con bolas debajo. Luego, a medida que la mirada va descendiendo, se percibe un primer tejado, con picos de tres coronas, probablemente de hierro, y una torreta de granito adornada con una balaustrada y una serie de pequeños obeliscos; después una corona de picos de hierro, a continuación ocho ventanales para dejar salir el sonido de sus famosas campanas, y una guirnalda de cabezas de hombres, en mármol blanco, incrustadas en la piedra, bajo una cornisa. Por último, en la parte inferior de la torre, otras incrustaciones de color blanco o negro, y algunas hermosas estatuas de mármol blanco. Este es el campanario de la catedral de Toledo.
Sin querer establecer comparación alguna con los más bellos campanarios de Francia, es necesario reconocer que ésta es una obra deliciosa.

Augustin Challamel.  Un verano en España.  (1843)