Dos sorpresas ocultas en San Cipriano

La iglesia de San Cipriano, llamada también de San Cebrián, es hoy uno de esos lugares de Toledo poco conocidos por muchos toledanos y por casi todos los visitantes que llegan a la ciudad. Enclavada en uno de los barrios más característicos, ya en 1125 se cita como parroquia latina, y es muy posible que con anterioridad su espacio lo ocupase una mezquita, como delata la torre del templo, inicialmente exenta del edificio, y el patio anejo que ya en época cristiana se utilizó como cementerio.
Precisamente la torre es el el único elemento de época medieval que se conserva ya que la iglesia se rehizo desde los cimientos a comienzos del siglo XVII por iniciativa del canónigo de la catedral Carlos Venero y Leyva, quien además de proveerla de ornamentos y retablos, la dotó de una renta para sus capellanes.
El templo sorprende al visitante ya desde el exterior por su llamativa torre con pintura de ladrillo fingido de fuerte color almagre, resultado de una restauración realizada hace pocos años que, si bien puede reflejar el revoco que la torre tuvo en tiempos, según se comprobó por restos hallados en uno de sus huecos, hubiera sido preferible mitigar un tanto su intensidad que a todas luces resulta excesiva.
El pequeño patio da acceso al interior del templo, donde el visitante hallará no pocos motivos de sorpresa. Pero hoy nos vamos a detener en dos que, por no estar fácilmente accesibles al público, son casi desconocidos por la mayoría.
La primera de estas sorpresas corresponde a unos restos de pinturas murales, en bastante mal estado de conservación, que se hallan en una de las dependencias inferiores del templo, y que es posible pertenezcan a la primitiva iglesia.


 
Algo más accesible, pero oculto en un nicho bajo el altar mayor, se encuentra el cuerpo momificado del canónigo Venero y Leyva, benefactor de la iglesia, cuya imagen puede verse en un cuadro a la entrada de la sacristía. El cadáver, colocado sobre un ataúd de madera abierto, está revestido con ropas talares, con los pies calzados, y las manos entrelazadas sobre el abdomen. 

 

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