El peligroso viaje de Madrid a Toledo



Hoy día, en que desplazarse de Madrid a Toledo, y viceversa, es una actividad tan cotidiana y rápida que hace a muchos toledanos proclamar con orgullo eso de que Madrid es un barrio de Toledo, resulta difícil entender que hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que hacer este trayecto constituía una aventura no exenta de incertidumbre y de riesgos. Los motivos eran varios: malos caminos que, sobre todo en invierno, hacían inestable el tránsito de los carros y diligencias tirados por caballerías; la temeridad con que eran conducidos tratando de alcanzar la máxima velocidad para reducir el tiempo del viaje, y los salteadores de caminos que de vez en cuando hacían acto de presencia para "aligerar" el equipaje de los viajeros.
Numerosos son los testimonios de aquellos primeros "turistas" que se acercaban desde la capital de España hasta Toledo en los que se alude a tan peligroso viaje. Uno de éstos, es el del célebre escritor francés Théophile Gautier que en su libro "Viaje por España", de 1840, describió su llegada a Toledo en estos términos cargados de ironía: 
 "Toledo es, sin duda, una admirable ciudad antigua, situada a doce leguas de Madrid —leguas españolas, que son más largas que un folletón de doce columnas, o que un día sin dinero, que son las dos cosas de mayor longitud que conocemos— Se va a la ciudad en una pequeña diligencia que sale dos veces por semana. Parece que este es el medio más seguro, pues pasados los Pirineos, como ocurría antes en Francia, se suele hacer testamento antes de emprender el menor viaje.
Nosotros no encontramos, la verdad, gran justificación a este terror a los bandidos, pero no cabe duda que él añade encantos y evita el aburrimiento de un viaje en diligencia, que es la cosa más vulgar del mundo. Así la expedición se convierte en una aventura, en la que se parte pero no se está seguro de volver. Esto ya es algo en una civilización tan avanzada como ésta moderna que podemos contemplar en nuestro prosaico y malhadado año de 1840. Se sale de Madrid por la Puerta del Puente de Toledo, muy adornado de volutas, estatuas y escarolados, de gusto mediocre, pero que, sin embargo, producen un efecto muy armónico; se deja, a la derecha, el pueblo de Carabanchel, donde Ruy Blas iba a buscar para María de Neubourg, la petite fléur d' Allemagne.

 Algunas cruces, de mal agüero, que tienden aquí y allá sus brazos desnudos; algunos campanarios, que indican un pueblo lejano, tal o cuál arroyo seco atravesado por un puente de piedra, son los únicos accidentes que se ofrecen. De vez en cuando se encuentra a un labriego, que marcha en su mula con la carabina al lado; a un muchacho, que arrea a dos o tres burros cargados con cántaros o sacos de pan; a algunas pobres mujeres, escuálidas y requemadas por el sol, que llevan medio arrastras a un chiquillo de aire salvaje. A medida que caminábamos, el paisaje se iba haciendo más desierto y pobre. Por eso, al divisar junto a un puente sobre un lecho seco a cinco escopeteros, experimentamos un sentimiento de satisfacción. Eran los jinetes que debían servirnos de escolta, pues ella es necesaria para ir de Madrid a Toledo. ¿No parece esto que se halla uno en Plena Argelia, y que Madrid se encuentra rodeado de una Metidja poblada por beduinos?
Hacemos alto para almorzar en Illescas, ciudad en la que hay vestigios de antiguas construcciones moriscas, cuyas casas ostentan rejas de complicado dibujo, rematadas por cruces. El almuerzo consta de sopa de ajo con huevo, la tortilla de tomate acostumbrada, almendras y naranjas, todo ello rociado con un Valdepeñas muy aceptable, aunque tan espeso que podría cortarse con un cuchillo.
La cocina no es la mejor cosa de España y puede decirse que desde los tiempos de Don Quijote, las posadas no han progresado mucho. Sin embargo, no sería difícil poder encontrar hoy las hermosas gallinas y los patos monstruosos de las bodas de Camacho.
El terreno, a partir de Illescas, es algo más accidentado, lo que tiene por consecuencia hundir el camino, en el que no se ve más que barrancos y terraplenes. Vamos deprisa; los postillones españoles se preocupan poco de lo que queda detrás de ellos y, con tal de llegar, aunque sea únicamente con la lanza y el juego de ruedas delanteras, se dan por satisfechos. Al fin entramos en Toledo entre una nube de polvo levantada por nuestras mulas, y por un tropel de caballos en el que iban unos cazadores."

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