El arzobispo que evitó ser enterrado en la catedral seis siglos después de su muerte

Se llamó Rodrigo Jiménez de Rada y ocupó la silla arzobispal toledana desde 1209 hasta 1247. Personalidad notable de la época, no sólo por su condición eclesiástica, sino también como hombre de estado, de armas y de letras, une a sus muchas y destacadas acciones la de haber encabezado los ejércitos cristianos que derrotaron a los almohades en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa, en 1212.
Junto a esta importante gesta militar, Jiménez de Rada es recordado especialmente como impulsor e iniciador de las obras de la catedral de Toledo, edificada de nueva planta sobre el solar que ocupó la mezquita mayor durante el periodo de dominación islámica. La primera piedra fue colocada en 1226 por el rey Fernando III el Santo.
La muerte le sorprendió al arzobispo en un barco en el que navegaba por el Ródano, de regreso del I Concilio de Lyon, en 1247, y su cuerpo fue sepultado en el monasterio de Santa María de Huerta, del que había sido un eficaz patrono, cumpliendo así lo que él mismo había dispuesto en su testamento.
No obstante, en 1865, desde la diócesis de Toledo se promovieron acciones para la exhumación de los restos de Jiménez de Rada y su traslado a la catedral primada que, por haber sido él su iniciador, se consideraba el mejor lugar para acogerlos y honrarlos. Así, el 15 de febrero de dicho año, fecha en que se cumplían 664 del fallecimiento del venerable arzobispo, se procedió a la apertura de su sepulcro, hallándose el cuerpo en un admirable estado de conservación, lo mismo que las ropas con las que fue amortajado. Pero con ser esto asombroso, aún causó más sorpresa el hallazgo, sobre el lado del corazón, de un pergamino que contenía, en letra gótica y escrito en latín, la última voluntad del prelado, rubricada por él mismo con su firma, en donde se leía que "nadie por ningún concepto le quite del sitio en que se encuentra". 
En consecuencia, el catafalco volvió a ser cerrado y don Rodrigo Jiménez de Rada continúa sepultado en el lugar por él elegido y de donde evitó ser llevado a Toledo más de seis siglos después de su muerte.

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