La tormentosa inauguración del ferrocarril



El 12 de junio de 1858 fue inaugurada oficialmente la línea de ferrocarril que enlazaba Toledo con Madrid y Andalucía, marcando uno de los grandes hitos de progreso en la historia de la ciudad. Entre otras cosas, el tren iba a facilitar la llegada de viajeros cada vez en mayor número, iniciando así el fenómeno turístico tan en boga en nuestros días.

La inauguración estuvo presidida por la reina Isabel II que, de este modo, visitaba por primera vez Toledo, donde permanció hasta el día siguiente. Sin embargo, el acto no pudo ser más deslucido. Primero, porque los toledanos que habían acudido en masa a presenciarlo, se vieron, como suele ser costumbre que el tiempo no ha cambiado, relegados al último lugar para mayor realce y gloria de las autoridades asistentes, lo que provocó protestas, gritos y abucheos. Por si esto fuera poco, se desató un temporal de viento y lluvia intensos que no amainó en todo el tiempo que la reina estuvo en Toledo, lo que más de uno interpretaría como mal presagio.

El acontecimiento contó con un testigo de excepción: el escritor Pedro Antonio de Alarcón que, con el estilo ampuloso de la época, nos dejó testimonio en forma de artículo publicado el 3o de junio en El Museo Universal y del que extraemos los siguientes y bien elocuentes párrafos:

"Debajo de los muros de la ciudad imperial, veíanse a la sombra de lujosos doseles, y en medio de banderas y escudos de armas, un altar, levantado a la majestad del cielo, y un trono dispuesto para Isabel II de Borbón. Y es que la solemnidad de la inauguración de la línea iba a coincidir con la primera visita de la reina a la ciudad bienamada de los más grandes reyes de Castilla. El obligado sempiterno estado mayor de la política, los mismos cortesanos de Alicante y Valencia, nuestras notabilidades de siempre, y con decir esto nos ahorramos de recordar muchos nombres propios, ocupaban una inmensa tribuna que se extendía a los dos lados del trono. De la parte del altar, y contenido por una valla de madera, amontonábase silencioso el pueblo castellano, los toledanos de hoy."

"Llegó la reina y verificóse la inauguración. El pueblo toledano, amante siempre de solemnidades religiosas, estaba completamente preocupado con lo que pasaba en el altar, y como la valla y la guardia civil no le permitían verlo todo perfectamente, rompió el profundo silencio que hasta entonces había guardado, desatándose en gritos y silbidos de muy mal efecto. A esta tempestad de la tierra respondió entonces la del cielo: cerróse de nubes el horizonte, levantóse un furioso huracán, retumbó el trueno a lo lejos y gruesas y furiosas gotas de lluvia vinieron a aguar la fiesta. Pronto rodaban por tierra banderas y gallardetes, vasos de colores y colgaduras; las improvisadas tiendas de campaña crujían y se bamboleaban amenazando desplomarse… Todo era ya terror y sobresalto: parecía que la inmensa necrópolis, que la ciudadela de lo pasado, que la ciudad de los santos y de los reyes tentaba el último esfuerzo para rechazar a aquella generación de comerciantes que venía a turbar su majestuoso sueño."


En la crónica oficial de la visita regia, que se conserva en la biblioteca del Palacio Real de Madrid, escrita por José A. Márquez de Prado en un estilo mucho más grandilocuente y oficialista, nada de esto se menciona. Es como si ambos testigos hubieran asistido a actos distintos. Pero como la tempestad debió de ser tan evidente y no era cuestión de obviarla, el cronista oficial traduce el "terror y sobresalto" descrito por Alarcón, en estos bucólicos términos:

"Eran las ocho de la noche; parecía que el Cielo, acompañando a la Reina Isabel, quiso llevar a los campos de Toledo las aguas para vivificar su vegetación, cuya lozanía estaba amortiguada por la sequedad y ardientes rayos del sol. La lluvia caía suave y acompasadamente algunos relámpagos cruzaban el espacio, y a sus resplandores dibujábase fantástica en el horizonte la almenada ciudad."

Vamos, que le faltó decir que todo había sido cuidadosamente preparado para dotar de mayor realce a tan extraordinario acontecimiento.




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