La noche toledana del cardenal Portocarrero



Los relatos de viajeros por España no siempre son ejemplo de objetividad, pues muchos se limitaron a copiar de otros autores y hasta se ha llegado a dudar de que algunos hicieran el viaje tal como luego lo contaron. Entre estos dudosos viajeros ocupa lugar de honor una dama de la alta sociedad francesa: Marie-Catherine Le Jumel de Berneville, condesa de Aulnoy, que adquirió popularidad en su país como escritora de cuentos de hadas, con el nombre de Madame d'Aulnoy.

Es muy poco lo que sabemos de su vida pero debió de visitar España entre 1679 y 1681, aunque el gran especialista en literatura de viajes Raymond Foulché-Delbosc, lo pone en duda y considera que todo fue producto de su imaginación. Otros autores, en cambio, sí creen que realizó el viaje, a pesar de los muchos errores y exageraciones que contiene el libro que publicó en 1691 con el título Relato del viaje a España.

Varias páginas del mismo, escrito en forma de cartas, las dedica a su estancia en Toledo y, verdaderamente, no tienen desperdicio de principio a fin, aunque nos limitaremos hoy a reseñar sólo los singulares agasajos que, según la autora, les dedicó el cardenal don Luis Fernández de Portocarrero y que, de ser ciertos, casarían mal con el ejemplo de humildad que nos dejó el prelado en su tumba sobre la que sólo se lee: “Aquí yace polvo, ceniza y nada”.

Según Mme. d’Aulnoy, se hallaba de visita en el templo primado acompañada de cierta marquesa española, pariente del cardenal, cuando unos criados de éste vinieron con encargo de invitarlas al palacio arzobispal donde Portocarrero deseaba cumplimentarlas. En un primer momento, ellas intentan eludir el compromiso, pero los criados regresan con quitasoles para resguardarlas del sol y con un carro tirado por dos mulas sobre el que había un pipote con agua para regar la plaza que habían de atravesar. Ante tal despliegue, no tienen más remedio que aceptar la invitación del prelado, que las obsequia con un extraordinario banquete del que Mme. de’Aulnoy apenas prueba bocado porque no es en exceso entusiasta de la cocina española.

Por la tarde se acercan a visitar a la reina madre, que se encuentra en el Alcázar, y tras acompañarla unas horas, incluso mientras ella cena opíparamente, regresan al palacio arzobispal donde Portocarrero vuelve a sorprenderlas esta vez con una función de teatro a la que asisten otras damas y caballeros de la alta sociedad toledana. Una función que tampoco es del agrado de la condesa d’Aulnoy y que finaliza pasadas las dos de la madrugada, momento en que los invitados son obsequiados con un magnífico banquete amenizado por músicos traídos desde Roma. El sarao se prolonga hasta las seis de la mañana, pero la condesa y sus acompañantes, que parecen no haber tenido bastante con la "noche toledana" que les ha organizado el cardenal, en lugar de retirarse a dormir deciden dirigirse a la plaza de Zocodover, ignoramos con qué fin salvo que ya hubiera por allí algún puesto de churros, y suponiendo (claro está) que la noble dama francesa pudiera soportar la ingesta de tan castiza especialidad culinaria.

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